Día 11: Hiroshima

Día 11: Hiroshima

Tras una estancia que nos ha enamorado en Miyajima y un último paseo de aquellos que das como para resistirte de dejar atrás un lugar que te ha encantado, dejamos la mágica isla en ferry hasta Miyajimaguchi, donde cogemos el tren rumbo a Hiroshima. Se trata de una parada muy dura por la historia no tan lejana de las bombas atómicas que zanjaron la Segunda Guerra Mundial por completo, pero sumieron al mundo entero en el miedo a la aniquilación nuclear: un temor que ha llegado a nuestros días a través de la Guerra Fría y la continua fabricación de estas armas de destrucción masiva en diversos países alrededor del mundo.

Cómo llegar

De nuevo, organizar vuestro trayecto en tren a Hiroshima no puede ser más fácil usando la herramienta de Hyperdia. Nosotros fuimos desde Miyajima tomando el ferry hasta Miyajimaguchi (10-15 minutos) y, desde allí, cambiamos a un tren de la línea JR Sanyo que nos llevó a la estación de Hiroshima en media horita. Salimos sobre las 10h15 de la isla de Miyajima y sobre las 11h ya estábamos en nuestra siguiente parada del itinerario.

Qué ver

Hiroshima es una ciudad muy moderna, renacida de sus cenizas en 1945. De hecho, su castillo es una reconstrucción de los años 50, pues su estructura fue totalmente derruida por la onda expansiva de la bomba atómica, junto al resto de edificios históricos de la ciudad.

Por esta razón, la mayoría de los visitantes centran su visita en el Parque de la Paz de la ciudad, donde además se encuentra el Museo y Memorial de la Paz. Para estos y otros puntos de interés de la ciudad lo mejor es tomar el bus turístico que sale de la estación de Hiroshima. Parece uno de esos típicos autobuses rojos que van llenos de guiris en cualquier ciudad, pero en Hiroshima es la mejor manera de conectar con los distintos atractivos. Además, es totalmente gratuito con el Japan Rail Pass (de lo contrario, cuesta 400¥). Hay tres rutas con diferentes paradas, pero todas hacen el recorrido vía el Parque de la Paz. Aquí tenéis toda la información por si también queréis visitar otros lugares.

Si viajáis con maletas o mochilas, podéis dejarlas en las taquillas de las estaciones para no tener que cargarlas a todos lados. Las taquillas grandes de la estación de Hiroshima cuestan unos 800¥ (unos 6€) y nosotros usamos siempre una para dos mochilas de 70 litros de capacidad, bastante llenas con ropa de invierno, sin problema.

Nosotros cogimos el bus hasta el Museo y Memorial de la Paz, donde empezaremos nuestra breve visita a Hiroshima. El precio de la entrada es de 200¥ (1,5€) y el horario de apertura por lo general es de 8h30 a 17h en invierno y de 8h30 a 18h en verano (19h en agosto). Durante nuestra visita, una de las alas del museo permanecía cerrada por obras de restauración, pero las piezas más relevantes de la exposición habían sido reubicadas en la parte abierta al público.

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Nada más acceder al museo, en el vestíbulo, se encuentra una especie de reloj que computa el tiempo transcurrido, por una parte, desde el lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad y, por otra, desde el último test nuclear. Este último contador, por desgracia, se reinicia más frecuentemente de lo que debería en un mundo ideal. Con este primer elemento, el museo transmite al visitante su razón de ser: recordar la indiscriminada matanza y destrucción de las bombas atómicas en agosto de 1945 y mandar al mundo un mensaje alto y claro: «No más Hiroshimas».

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Las primeras salas del museo son bastante informativas, con paneles sobre la vida antes y después de la bomba atómica en la ciudad, la implicación de Japón en la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo del plan nuclear de los Estados Unidos, las consecuencias inmediatas y a largo plazo de la bomba, etc. Hiroshima y Nagasaki fueron seleccionadas como blancos para el ataque por su posición estratégica y el desarrollo de su industria para mermar al máximo la fuerza militar e industrial de Japón y forzar el fin de la guerra, pero lo que de verdad nos marcó fueron los detalles del lanzamiento del ataque. La bomba de Hiroshima no tocó tierra sino que detonó a 580 metros de altitud: una explosión calculada a propósito para infligir el máximo daño posible. De haber detonado en el suelo, habría formado un enorme cráter que habría frenado la onda expansiva.

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El hecho de que hoy en día haya una ciudad en Hiroshima se debe también a que la bomba no explotó en tierra. De lo contrario, sería como Chernobyl, donde la intensidad radiación no ha permitido la reconstrucción. Al ser detonada en altura, la radiación quedó mayoritariamente en suspensión y, gracias a un tifón que azotó Japón el mismo verano de los ataques, el aire quedó prácticamente limpio y libre de riesgos.

La fuerza y el calor abrasivo de la onda expansiva arrasaron con la estructura de la mayoría de edificios del centro histórico de Hiroshima y terminaron con la vida de más de 140.000 personas en el acto y en días posteriores como consecuencia de las heridas y quemaduras sufridas y los efectos mortíferos de la radiación. Aún así, la cifra exacta de heridos y fallecidos es muy difícil de determinar: años más tarde los casos de cáncer entre los supervivientes se multiplicaron, así como los efectos secundarios en nacimientos posteriores al ataque. Incluso hubo muchas víctimas entre los familiares y amigos de los fallecidos que, al no tener noticias de sus conocidos, se adentraron entre las ruinas a buscarlos, inconscientes de la radiación a la que se estaban exponiendo. La exposición es muy dura en este sentido, con fotografías muy explícitas de las condiciones físicas de las víctimas y afectados.

La penúltima sala del museo adopta una perspectiva actual y está dedicada a la actividad nuclear a día de hoy. A pesar de que no ha habido ningún ataque nuclear sobre civiles desde los que sufrió Japón en 1945, Estados Unidos y la Unión Soviética desarrollaron enormemente sus programas nucleares durante la Guerra Fría, y otros países como China, India, Corea del Norte, Francia o el Reino Unido entre otros también disponen de armas nucleares. Se calcula que la potencia de las armas actuales sería 3000 veces mayor que en 1945 y que una guerra nuclear entre dos países podría fácilmente desencadenar una hecatombe mundial: el cielo se cubriría de cenizas alrededor del planeta, impidiendo la entrada de los rayos del sol durante semanas o quizás meses. Y aunque esto es hipotético, lo que es real son los efectos de las pruebas nucleares que estos países realizan periódicamente y que llenan la atmósfera de radiación, incidiendo directamente a la salud de las poblaciones cercanas y a la vida animal y vegetal del área.

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La última parte de la exposición fue la más chocante con diferencia, pues es donde pueden verse objetos recuperados de entre las ruinas o donados por las familias de las víctimas: desde una farola completamente fundida, un reloj de pulsera con las agujas inmóviles a las 8h16 (el preciso instante en el que detonó la bomba), ropa chamuscada (sobretodo de niños) y relatos de las familias de los últimos días de las víctimas que regresaron a casa heridos y acabaron muriendo sin que pudieran hacer nada para remediarlo.

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Le dedicamos entre 1h30 y 2h al museo, una experiencia estremecedora que solo podemos comparar a la visita al campo de concentración de Auschwitz en las afueras de Cracovia en Polonia. La sensación al salir es muy triste, no solo por lo que has visto sino porque sabes que en ambos casos sigue existiendo como realidad o como amenaza en algún lugar del mundo, no tan ajeno a nosotros.

El museo está ubicado en un extremo del Parque de la Paz, por lo que seguimos nuestra  visita por aquí. El epicentro de la onda expansiva de la bomba atómica fue sobre el enclave de este parque. En el museo se pueden ver imágenes del antes y el después de la explosión. Hoy en día el área está totalmente ocupada por un parque en el que se encuentran esparcidos varios monumentos conmemorativos. Por ejemplo, justo enfrente del museo se alza el cenotafio en memoria de las víctimas. En el medio del estanque frente al monumento, podréis ver una llama que no se apagará jamás mientras exista la amenaza nuclear.

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Un poco más adelante a la derecha está el Pabellón Nacional Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, un edificio que recoge relatos y fotografías de las víctimas y sus familias. El acceso es gratuito aunque, para nosotros, tras haber visitado el museo nos pareció prescindible.

En algunos puntos del parque veréis gente con álbumes de fotografías o carteles pidiendo la eliminación de los arsenales nucleares. En muchos casos, se trata de descendientes de víctimas que comparten sus historias con los visitantes.

Andando hacia el extremo norte del parque hay una gran columna, coronada por varias figuras, que marca el punto de homenaje a los niños víctimas de la bomba atómica.

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Alrededor del monumento hay varias vitrinas en las que se encuentran expuestas miles y miles de coloridas grullas de papel de origami. La historia detrás de estas grullas tiene su origen en una leyenda japonesa y la historia de una niña que murió a consecuencia de un cáncer que había desarrollado por la radiación de la bomba de Hiroshima. Por un lado, según la creencia popular japonesa, si anhelas algo con mucha fuerza y elaboras mil grullas de origami, tu deseo se hará realidad. Conocedora de la leyenda, la pequeña Sadako Sasaki hizo pequeñas grullas de papel para curarse de su leucemia, pero desgraciadamente murió antes de cumplir su objetivo. Desde entonces, miles de niños alrededor de Japón y del mundo mandan sus grullas de papel al monumento de Sasaki y el resto de niños afectados por la bomba y sus terribles consecuencias para que historias como las suyas no vuelvan a repetirse.

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En el extremo opuesto del parque, cruzando el río, está la cúpula Genbaku, un edificio gubernamental cuyas paredes sucumbieron a la fuerza destructiva de la bomba atómica. Sin embargo, la cúpula metálica y la estructura resistieron a las altas temperaturas y se mantuvieron en pie. En una ciudad totalmente reconstruida, es el único edificio que queda en pie del casco histórico anterior a agosto de 1945. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1996 en conmemoración de la bomba y también como símbolo de recuperación y de la esperanza en conseguir la paz. De hecho, casi nadie la conoce como Genbaku, sino como la cúpula de la Paz.

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Para llegar a la cúpula desde el parque hay que cruzar un puente sobre el río. Y no muy lejos de la cúpula, prácticamente en la esquina de una calle, se encuentra una estatua de Buda solitaria sobre una columna que, así aislada pasa entre bastante desapercibida o llama la atención por estar allí sola. En realidad, se trata de una figura con mucha historia. La estatua estaba originalmente colocada en el puente que cruza el río. Pero no el actual, sino el que quedó hecho una ruina en 1945. Casualmente, este pequeño Buda sobrevivió prácticamente intacto a la bomba. Algunos lo interpretaron como una señal casi divina, pero lo más curioso está a los pies de la figura: la parte ennegrecida es la marca de la radiación implacable de la bomba. Lo más terrible de todo es que esto ocurrió también con personas, como hemos podido ver en el museo, donde se exhiben fotografías en las que se intuyen figuras humanas grisáceas sobre paredes a causa de la radiación. Estremecedor.

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Con estas visitas damos por terminado nuestro recorrido en Hiroshima, pero antes de tomar de nuevo el tren hasta nuestro próximo destino, el castillo de Himeji, tenemos que hacer una parada técnica para comer, pues ya son las 14h30 y, como siempre, no habrá día que nos sentemos a la mesa sin hambre en un viaje. De camino a la parada del bus encontramos un restaurante que hace esquina y del que hemos leído muy buenas críticas. A parte de que nos fijamos en él porque nos hacía gracia que se llamara Kome Kome, que significa «arroz» en japonés (a veces podemos ser muy básicos). El restaurante no tiene cartel en nuestro alfabeto, así que vale más que recordéis los símbolos o el logo del cartel si queréis encontrarlo.

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De nuevo, el pedido se hace en una máquina en la entrada, pero a diferencia de otros lugares aquí tienen disponible el menú en inglés y, además, con fotos. Pedimos un plato de carne de ternera con verduras y una sopa de fideos gruesos udon con tempura de gambas y verduras. La cuenta nos salió por 1500¥ los dos (unos 12€).

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Con el estómago bien lleno y con la aplicación de Maps.me en mano, salimos a una avenida principal en la que esperamos el bus unos 15 minutos. La verdad es que es un poco confuso porque hay montones de paradas y algunas son del bus turístico y otras de los buses locales, pero preguntando encontramos la correcta. Volvemos a hacer uso del JR Pass para no tener que pagar ningún coste adicional en el bus y en unos 20 minutos de trayecto, nos devuelve a la estación de trenes.

Recogemos las maletas y nos montamos en el primer tren en dirección a Osaka que para en Himeji, donde pasaremos la noche y mañana visitaremos su castillo medieval, el mejor conservado de los que permanecen en pie en Japón. Pero antes, aprovecharemos nuestro paso por esta ciudad para hacer algunas compras de última hora y disfrutaremos de un onsen en el hotel. Así cualquiera quiere que se acabe el viaje… ¡Os contamos el final del itinerario en nuestra siguiente entrada sobre Himeji y Osaka!

En resumen:

Itinerario: 12 días en Japón



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