Día 4: Tokio – Templo Meiji, Harajuku, Shibuya

Día 4: Tokio – Templo Meiji, Harajuku, Shibuya

Último día en Tokio y, por fin, parece que se nos ha pasado el jet lag y que tenemos sueño a horas normales. Esta mañana no podemos empezar itinerario sin parar en el Kagetsudo Honten de Asakusa del que os hablamos en nuestra entrada del segundo día en la capital nipona, para desayunar de nuevo de delicioso melonpan.

Por cierto, a estas alturas se nos han terminado ya las 72h del pase que compramos junto al billete de Keisei Skyliner para llegar al centro. Los billetes de metro se pueden comprar de uno en uno en la máquina o se pueden comprar pases de 24, 48 o 72h (por 800, 1200 y 1500¥ respectivamente) en las principales estaciones (Tokio, Ueno, Shimbashi, Ikekuburo, etc) o, si ya lo tenéis previsto, podéis comprarlo directamente en la oficina de Keisei en Narita. Tenéis toda la información aquí.

Vistas del Fuji de día

En nuestro segundo día en Tokio subimos gratis al observatorio del edificio del gobierno metropolitano de la ciudad en Shinjuku. Nuestra visita fue casi al anochecer, pero pudimos vislumbrar la cónica silueta del volcánico Monte Fuji, lo cual nos convenció de volver a subir de día al edificio para verlo bajo la luz del sol.

Ver el Fuji es cuestión de suerte desde las alturas del Skytree o desde el ayuntamiento: el día tiene que estar extremadamente claro. Pero verlo de cerca en el área de los Cinco Lagos, Hakone o Kawaguchiko tampoco está garantizado, ya que el famoso monte está casi siempre sumido en una densa neblina. Lo mismo ocurre para verlo en el recorrido del shinkansen entre Tokio y Kioto. El verano es probablemente cuando el pronóstico climatológico es peor para verlo, ya que la niebla raramente se disipa por la fuerte humedad. El resto del año, lo mejor es apostar por las primeras horas de la mañana, que es cuando está el cielo más despejado.

El cielo está de un azul muy claro hoy y tenemos esperanzas de ver el Monte Fuji, pero no estamos del todo seguros hasta que llegamos a lo alto del edificio y lo vemos muy definido en el horizonte, sobre la inmensidad de la ciudad de Tokio.

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Es una escena mágica, quizás porque no se ve siempre, quizás por la mística que envuelve el volcán, pero es un paisaje que se queda grabado en la retina. Son las 10h de la mañana cuando decidimos seguir con nuestro plan de hoy y ya las nubes se ciernen sobre el Monte Fuji y ya justo podemos ver la cima, el resto ha desaparecido.

Santuario Meiji

Nuestra siguiente parada del día es la estación de metro de Kita-sando, para estar cerquita de la entrada al parque en el que se encuentra el santuario Meiji, entre los barrios de Shibuya y Harajuku. Las entradas del parque están marcadas con grandes torii de madera, que atravesamos para continuar entre los árboles hasta llegar al templo.

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El santuario Meiji fue construido en los años veinte del siglo XX en honor al emperador Meiji y su esposa, la emperatriz Shoken, y tuvo que ser reconstruido tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Para nosotros, junto al templo Senso-ji en Asakusa, es el recinto religioso más bonito que visitamos en Tokio.

Hoy es 28 de diciembre y los preparativos para recibir el Año Nuevo ya están casi listos en el santuario Meiji. Los altares están llenos de ofrendas (frutas, mochis, botellas de sake y de vino, entre otros). 2018 es el año del Perro y se ve en los amuletos de madera que venden en las inmediaciones del templo, así como las decoraciones de la puerta principal del santuario.

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Saliendo por la puerta principal del templo, pasamos por delante de un montón de barriles de sake (nihonshu), dispuestos uno encima de otro. Al otro lado del camino, hay también barricas de vino francés, símbolo de la apertura internacional que vivió el país en la época del emperador Meiji y de la actual amistad entre Francia y Japón.

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Parque Yoyogi

El parque en el que se encuentra el santuario Meiji y el parque Yoyogi parecen estar unidos, pero en realidad no existe un paso entre los dos, así que hay que salir de uno para entrar en el otro. Nosotros decidimos adelantar un poco en metro en lugar de dar este rodeo a pie: cogemos el metro en Kita-sando y nos bajamos en la siguiente parada, Harajuku. Pasamos delante del Estadio Nacional Yoyogi, un edificio singular que se usó en las pruebas de natación y salto Olimpíadas de Tokio de 1964 y que, previsiblemente, se reutilizará para algunas pruebas de las Olimpíadas de 2020, y llegamos al parque Yoyogi.

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No tenemos una ruta fija por el parque, ya que se trata tan solo de pasear, así que decidimos atravesarlo hasta llegar a la estación de metro de Yoyogi-Koen para coger el transporte de nuevo a Harajuku, donde comeremos y pasaremos la tarde. Quizás lo más interesante del Yoyogi en invierno es la cantidad de cuervos que pueden verse en las ramas deshojadas de los árboles del parque. En primavera o en otoño, los colores del parque deben ser inigualables.

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Takeshita Dori en Harajuku

De regreso a la estación de Harajuku ya es hora de comer y nos vamos a un local de gyozas (las típicas empanadillas chinas) muy recomendado: Harajuky Gyoza-ro. La cola que hay a la puerta es proporcional al buen sabor de las empanadillas y también a su precio increíblemente barato. Aunque parecía que no íbamos a entrar nunca, apenas hemos esperado 20 minutos cuando nos sientan en la barra y ya estamos listos para comer. La carta no es muy variada: apenas unos cuantos entrantes (nosotros pedimos una especie de brotes de soja con carne picada) y empanadillas fritas o al vapor. Cada ración de seis gyozas cuesta 290¥ (unos 2,2€). Cuántas raciones os comáis ya va a cuenta del hambre que tengáis.

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Ahora sí, con el estómago lleno, nos vamos a explorar Harajuku. El barrio es conocido por ser punto de reunión de los personajes más extravagantes de la capital nipona y es frecuente ver gente disfrazada, aunque en invierno de lleno es menos común. Es también uno de los lugares más populares para vivir la experiencia de conducir un Mario Kart por la ciudad.

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Vamos caminando en dirección a Takeshita Dori, cuando vemos la boca de metro más espectacular que hemos visto jamás en Omotesando, con unas escaleras mecánicas llenas de espejos que llaman a gritos a echarte fotos para el Instagram.

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Ahora ya sí, después de esta parada, llegamos a Takeshita Dori. Se trata de la calle más concurrida del barrio y, en nuestra visita a Tokio, el lugar donde vivimos más estrecheces, sin lugar a dudas. Ni en el metro, que a primeras horas de la mañana es tal cual lo enseñan en el telediario, una lata de sardinas con personal que te empuja en la puerta para que quepa más gente.

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La calle está llena de tiendas kawaii (la tendencia a usar elementos tiernos o adorables, incluso algo infantiles, en la ropa, los complementos, la música, las series anime o como decoración en cualquier lado), crepes y gofres con todo tipo de rellenos y colores, tiendas de ropa gótica, locales dedicados a música y merchandising de grupos pop nipones y un largo etcétera. Hay incluso una tienda de todo a 100 yenes de la cadena Daiso donde encontraréis desde recuerdos de Japón hasta utensilios de cocina, complementos de ropa, comida y mucho más.

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Un paseo por las afueras en busca del café de Totoro

Salimos de la agobiante Takeshita Dori sobre las 16h. Aún nos queda algo de tiempo antes de que anochezca para ir a Shibuya y decidimos salir en busca de los adorables hojaldres de crema de Totoro de la cafetería TOLO Shirohige en el barrio de Setagaya. Para los que no conozcáis la película de Mi Vecino Totoro, es casi imperativo que la veáis antes de ir a Japón (porque es monísima). Veréis que la cafetería está bastante lejos y, de hecho, hay que coger un tren de cercanías desde Shinjuku a Setagaya-Daita en la línea Odakyu en un trayecto de 20 minutos. Nosotros no teníamos nada claro que fuéramos a ir, pero lo teníamos apuntado por si nos sobraba algo de tiempo en Tokio y así fue.

Llegados a Setagaya-Daita, salimos de la estación y nos encontramos con una de las puestas de sol más bonitas que se pueden tener en Tokio: si esta mañana nos sentíamos afortunados de haber visto el Monte Fuji antes de que se cubriera de nubes, ahora nos lo encontramos justo de frente al salir de la estación bajo el cielo anaranjado del atardecer.

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Pedimos indicaciones en la estación y por la soltura en la que nos ofrece las indicaciones a la cafetería, se ve que los extranjeros vienen todos por lo mismo al barrio. Las casas que nos encontramos en los cinco minutos andando que tardamos en llegar son todas bajas y unifamiliares, de hecho a nosotros nos recuerdan mucho a las casas que salen en la serie animada de Doraemon.

Pronto llegamos a la cafetería, que tiene un pequeño restaurante en la planta superior, y nos llevamos un chasco. No, no está cerrada (que era nuestro temor por las fechas cercanas al Año Nuevo), pero se han acabado los hojaldres de Totoro y nos tenemos que conformar con las galletas de Totoro, muy monas también. No, venga, lo admito, el sitio es muy cuqui y demás, pero nos fuimos decepcionamos de no poder probar los hojaldres.

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Os dejamos un vídeo de Youtube para que veáis lo que nos perdimos.

Shibuya de noche

Regresamos a Shinjuku (aquí nos despistamos y bajamos en una parada equivocada, pero lo remediamos fácil esperando el siguiente tren) y desde allí, nos vamos a Shibuya. Salimos de la estación y prácticamente lo primero que vemos es el famoso cruce de Shibuya, el paso de peatones más transitado del mundo. De hecho, no es un paso de peatones, sino varios, de modo que se puede cruzar la calle normal de acera a acera o en diagonal. La gente se aglomera en las aceras en el cruce y cada pocos minutos, la calzada se inunda con un enjambre de gente cruzando en todas direcciones.

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Justo enfrente del cruce hay un Starbucks muy popular por las vistas que ofrece al cruce desde la planta superior. Es obligatorio consumir para entrar (lo cual no nos extraña para nada). Nosotros lo vimos desde la acera y cruzamos varias veces por la sensación de dejarse llevar por la multitud (si todo el mundo hace lo mismo que nosotros, tampoco nos sorprende tanto que lo cruce tanta gente a la vez, jaja).

En la plaza de delante de la estación de Shibuya veréis también la famosa estatua del perro Hachiko. La historia del perrito es una historia real de amistad y la fidelidad de Hachiko por su amo, un profesor de universidad al que cada día salía a recibir en la estación a la salida del trabajo. La historia se vuelve trágica cuando el amo de Hachiko muere y el perro sigue yendo a esperarle cada día durante diez años, hasta su propia muerte. La primera estatua de Hachiko (la que hay ahora data de después de la Segunda Guerra Mundial) fue un homenaje en vida al perro, que incluso asistió a la inauguración, en 1934.

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Damos un paseo por las calles iluminadas de Shibuya, llenas de tiendas, salas de juego, restaurantes y locales de karaoke.

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Pronto damos con una tienda de fotomatón kawaii, Purikura no Meca. Llevamos todos estos días en Tokio pensando que encontraremos una tienda así fácilmente y resulta que tampoco hay tantas. Hay otro Purikura no Meca en Takeshita Dori, pero nos hemos metido esta tarde y hemos salido sin sacarnos fotos por la cantidad de gente que había.

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En Shibuya, al contrario, está casi vacío y nos tomamos nuestro tiempo para entender cómo funciona el asunto. Más o menos lo pillamos mirando lo que hacían otros y nos decidimos por un fotomatón. Echamos 400¥ (3€) a la máquina y, si os tenemos que ser sinceros, a pesar de que acabamos de ver el procedimiento a seguir, le damos a todos los botones un poco a ciegas, hasta que la máquina nos indica que podemos pasar a tomarnos las fotos. Y aquí empieza lo bueno, pues parece que tienes que haber ensayado porque las fotos te las echa una tras otra sin apenas tiempo para colocarte. Y se vuelve todavía mejor cuando sales a «editar» las fotos. La máquina automáticamente te pone ojos de manga, te alarga las pestañas y te deja la piel pálida y las mejillas rosadas. Los muñequitos kawaii los añade cada cual, pero todo con un tiempo limitado: la máquina en japonés y tú arreglando las fotos sin saber muy bien cómo.

Al final, la guinda del pastel: te pide un número de teléfono para mandarte un código para descargarte las fotos, sin opción de marcar un prefijo internacional, y también el correo electrónico y encuentra tú la arroba en el teclado japonés en veinte segundos. Total, que nos tememos que nos quedamos sin opción a tener nuestras fotos en formato digital. O no, porque cuando salen las impresas, vemos que llevan un código y entonces, aparece un grupo de chicas japonesas que parecen habituales del fotomatón y interactuando un poco con la ayuda del traductor de Google, se ofrecen a descargar ellas las fotos y nos las mandan a nuestro Gmail.

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Ya es hora de cenar y nos vamos a probar uno de los locales de sushi más populares de Shibuya: Uobei. Se trata de un local de sushi en el que el sistema es el siguiente: te sientas delante de una pantalla y vas pidiendo las piezas que te apetecen, la orden llega a la cocina y cuando está preparada, aparece el plato en una bandeja que se desplaza por un raíl y para justo delante de dónde estés sentado. Cuando has recogido el plato, le das a un botón y la bandeja se retira. Como experiencia puede ser divertido y los platos son muy económicos. Por poner un ejemplo, estamos hablando de una ración de dos nigiris simples por 0,8€ y te puedes hinchar a comer por muy poco.

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Sin embargo, después de probar varios, nos miramos y sabemos que no tiene nada que ver en absoluto con el sushi que probamos en el Standing Sushi Bar de Shinjuku en nuestro segundo día en Tokio. Ojo, que no está malo tampoco, pero sencillamente no es lo mismo. Así que aunque hemos hecho un poco de cola para sentarnos aquí, nos vamos habiendo hecho tan solo una picada (pagamos 890¥, unos 6€) y nos ponemos en busca del Standing Sushi Bar de Shibuya. En pocos minutos ya estamos en la barra pidiendo nigiris que nos quedamos sin probar la última vez y, por supuesto, terminamos con uno de unagi (deliciosa anguila). Nos sale la cuenta por 1890¥ (15€) y nos vamos a dormir al Bunka Hostel de Asakusa con muy buen sabor de boca.

Mañana dejamos la capital y empiezan nuestros dos días improvisados del itinerario. Como os contamos, nuestra intención era dedicar los próximos dos días a Kanazawa y Shirakawago, pero hemos tenido problemas de logística y, al final, hemos decidido que mañana visitaremos los templos de Nikko y, de vuelta, ya cogeremos el shinkansen a Kioto.

En resumen:

Itinerario: 12 días en Japón



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