Dos excursiones desde Cracovia: Auschwitz y las minas de sal de Wieliczka

Dos excursiones desde Cracovia: Auschwitz y las minas de sal de Wieliczka

Además de ser una ciudad preciosa y llena de historia, Cracovia tiene otro punto a su favor: su proximidad a otros puntos de interés del sur de Polonia. Hace unas semanas os contamos nuestra excursión a las montañas del Parque Nacional del Tatras, a 2h30 de Cracovia. En esta entrada, nuestra intención es presentaros dos excursiones de medio día cerca de la ciudad: el museo del Holocausto del campo de concentración de Auschwitz y el viaje a las entrañas de la tierra de las minas de sal de Wieliczka, a las que dedicamos dos mañanas de nuestra estancia de tres días en Cracovia.

Campo de concentración de Auschwitz

Cómo llegar

El campo de concentración de Auschwitz se encuentra a 70km de la ciudad de Cracovia. La forma más económica de llegar es en bus. La estación de autobuses se encuentra justo al lado de la estación central de trenes de Krakow Glówny. Una vez allí, hay que buscar dónde para el bus con destino a Oświęcim. El ticket os costará unos 18 zlotys (unos 4€) y el recorrido hasta el campo de concentración tarda 1h30.

También es posible llegar a Oświęcim en tren, pero a pesar de que ahorraríais media hora de trayecto, es más caro y la estación de tren queda lejos de Auschwitz y deberíais tomar un taxi o andar un buen rato para cubrir el final del trayecto.

Entradas

La entrada a Auschwitz es libre y gratuita, a menos que se quiera contratar un guía, en cuyo caso cuesta unos 45 zlotys (unos 11€). Conviene reservar ya que para evitar las aglomeraciones que sin duda enturbiarían la atmósfera de un lugar de memoria como éste, las entradas son limitadas.

Si, como nosotros, optáis por visitar por vuestra cuenta, os encontraréis con el pequeño inconveniente de que en verano el horario de la entrada libre se ve muy reducido por la cantidad de tour con guía que se ofrecen: antes de las 9h30 o después de las 16h. Nosotros escogimos madrugar y la verdad que fue una muy buena decisión, ya que pensamos que es un lugar que merece una visita pausada y reflexiva, sin hordas de turistas echándose fotos alrededor.

La visita

El museo y memorial de Auschwitz consta de dos partes: Auschwitz I y Birkenau, con un bus lanzadera que sale cada poco y cubre el trayecto entre las dos ubicaciones. La entrada se realiza en Auschwitz I, un antiguo complejo de barracones del ejército polaco reconvertido en campo de trabajo y más tarde, en campo de exterminio de judíos, mayoritariamente, pero también de gitanos, testigos de Jehová, prisioneros de guerra soviéticos y homosexuales.

Pensaba que sería inevitable atravesar el arco donde se pueden leer la frase de «Arbeit macht frei» (Trabajar nos hace libres) sin que se te forme un nudo en el estómago. A mí la visita a Auschwitz me quitó el hambre y el habla. Pero siempre hay algún que otro turista encantado de echarse una foto sonriente bajo el lema. En fin…

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Como íbamos diciendo, Auschwitz I era un antiguo complejo de barracones y, por lo tanto, nos encontramos construcciones de ladrillo que primero fueron de una planta y luego, a medida que se iba ampliando el campo, fueron los mismos prisioneros los que fueron forzados a levantar una segunda planta a los edificios. Muchos de los barracones albergan hoy exposiciones del museo. Algunas están dedicadas a explicar el funcionamiento del campo: selección de prisioneros, transporte, vida en el campo de concentración y exterminio.

Otras recogen los objetos que les requisaban a los prisioneros a su llegada. A montones. Montones inmensos de zapatos, peines y gafas. Y pelo. Y un poco más allá, un montón de latas de Zyklon B, el gas mortífero de la «solución final». Impactante es poco. Si ya tenía un nudo en el estómago, ahora se me ha encogido el corazón.

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Hay también un edificio dedicado a las mujeres y los niños, que además de malvivir las penurias del campo, también sufrieron a manos del sádico médico Mengele, y otro barracón dedicado a los prisioneros de etnia gitana.

Nuestro recorrido nos lleva de una exposición a otra. Hay placas informativas por todos lados, así que a pesar de que seguro que un guía puede proporcionar más detalles, es fácil que uno recorra el campo por su cuenta.

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La última parte de nuestro recorrido por Auschwitz I nos lleva al lugar más macabro: las cámaras de gas. La cámara que se puede visitar es de pequeñas dimensiones, lo cual acentúa la sensación de miedo y claustrofobia. La habitación está totalmente vacía y gris. Apenas puede verse una pequeña apertura en el techo sobre nuestras cabezas: la trampilla por la cual se suministraba el gas mortífero a los que ya no eran útiles para trabajar y, por tanto, habían sido señalados para el exterminio. Al salir de la habitación, se encuentran los crematorios, donde se deshacían de los cuerpos tras la masacre.

Salimos de allí deshechos, pero no perdemos un minuto y nos vamos a coger el bus lanzadera que nos lleva a Auschwitz II – Birkenau. Se trata de una ampliación del campo que, a diferencia de Auschwitz I, que aprovechó infraestructuras ya existentes, fue construida íntegramente con el trabajo forzoso de los prisioneros. Los barracones aquí no son de ladrillo sino de madera. Solo se conserva una parte de ellos, ya que muchos fueron destruidos, pero se pueden apreciar las dimensiones del campo: a pérdida de vista.

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Estos barracones no albergan exposiciones. No obstante, algunos de ellos permanecen abiertos para que el visitante pueda ver como eran por dentro: básicamente, hileras e hileras de literas estrechas. No es difícil imaginar las condiciones de hacinamiento, frío, falta de higiene y proliferación de enfermedades.

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En la entrada a Auschwitz II – Birkenau se conservan también las vías del tren, que formaban parte de una compleja red ferroviaria mediante la cual llegaron al campo cientos de miles de judíos y otros prisioneros provenientes de Cracovia, pero también de muchos otros rincones de Europa.

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Llegados al final de nuestra visita, nos disponemos a deshacer camino, de nuevo en bus lanzadera y una vez llegados al aparcamiento de Auschwitz I, cruzamos la carretera y esperamos el bus que lleva de Oświęcim a Cracovia.

Antes de esta visita siempre había dicho que no me hacía falta visitar un campo de concentración para saber lo que había pasado allí. Pero la verdad es que poner los pies en un lugar tan oscuro como Auschwitz te afecta a otro nivel: ya no es un episodio de la historia en un libro de texto ni las imágenes de un documental. Te has parado sobre los pasos de cientos de miles de personas que se convirtieron en números y sales de ahí convencido de que no encontrarás jamás una explicación para tal sinsentido.

Minas de sal de Wieliczka

Cómo llegar

Para nuestra segunda excursión, en nuestro último día en Cracovia, volvemos a la estación de Krakow Glówny, esta vez para tomar un tren a Wieliczka Rynek Kopalnia. El trayecto, con frecuencias cada 15 cuarto de hora y recorridos de 21 minutos, os deja en la estación de Wieliczka, a cinco minutos andando de la entrada a las profundidades de las minas de sal, Patrimonio de la Humanidad. Los billetes de tren pueden comprarse en las ventanillas o en las máquinas de la estación de Cracovia por unos 3 zlotys la ida (alrededor de 1€), un precio muy económico ya que Wieliczka se encuentra en la zona metropolitana de Cracovia, a apenas 10km del centro histórico.

Entradas

Las visitas a las minas de sal son, por sus características, siempre con guía. Hay muchos idiomas a elegir, pero los horarios son limitados. Por ejemplo, en español solo hay dos visitas al día, a media mañana y a media tarde. A nosotros no nos cuadraba en nuestro plan de seguir visitando Cracovia por la tarde, así que cogimos guía en inglés (salen grupos en inglés cada media hora) y solucionado.

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Las entradas pueden comprarse de forma anticipada en línea o en las taquillas ubicadas al lado del pozo Danilowicza. Los precios no son baratos: 89 zlotys (unos 21€) la entrada de adulto en temporada alta (64 zlotys o 15€ para estudiantes). De hecho, a pesar de que a nosotros nos gustó la visita a las minas, hay mucha gente que comenta que no vale la pena por el elevado gasto que supone.

Si queréis sacar fotos de la mina, tendréis que pagar un suplemento de 2,5€ cuando compréis la entrada. Os darán una pegatina que debéis llevar en la cámara para demostrar que habéis adquirido el derecho de sacar fotos. Si no lo habéis comprado y os arrepentís a medio camino, el guía que os acompañe también os ofrecerá la opción de comprar el adhesivo cuando lleguéis a la capilla de Santa Kinga que es sin duda el lugar más fotografiado de las minas.

La visita

Esta excursión no es apta para claustrofóbicos. Y es que las minas de sal de Wieliczka se extienden por 287km de estrechas galerías hasta 340m bajo nuestros pies, aunque el recorrido turístico transcurre a lo largo de 3,5km a una profundidad máxima de 135m. La visita empieza con el descenso por una estrecha escalera de más de 800 peldaños. A medida que uno va bajando, disminuye también la temperatura que, independientemente del tiempo que haga fuera, ronda los 12-14ºC, por lo que conviene ir provisto de una chaqueta.

Cuando llegamos abajo, paramos 5 minutos para recobrar el aliento mientras nos cuentan un poco dónde nos encontramos y cómo se empezaron a construir estas minas en el siglo XIII. Desde entonces, no han dejado de ser explotadas para la extracción de sal y como atractivo turístico. De hecho, el turismo en la mina no es nada nuevo, al contrario de lo que se podía pensar y es que personajes tan ilustres como Copérnico ya la visitaron en el siglo XV. Le siguieron nombres tan conocidos como Goethe, von Humboldt o Chopin.

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El recorrido lleva al visitante a través de interminables y oscuras galerías que conducen hasta cámaras de mayores dimensiones, muchas de ellas con esculturas labradas en piedra de sal. La guía nos invita a pasar los por las paredes de los pasillos y comprobar el gusto salado que se nos queda en las yemas. Incluso en una de las galerías, nos ofrecen coger unas cuantas piedras de sal para llevarnos a casa. En cuanto a las estatuas de sal, sirven de excusa para narrar episodios de la historia polaca (como por el ejemplo el busto al rey Casimiro III – Kazimierz), contar leyendas (como la de Santa Kinga, que lanzó su anillo a las profundidades de una mina húngara y lo reencontró en las minas de sal de Wieliczka) o celebrar personajes polacos ilustres (como Copérnico o el papa Juan Pablo II).

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Sin duda el plato fuerte de la visita a las minas es la llegada a la capilla de Santa Kinga: una auténtica catedral subterránea. Una vez que el visitante baja las escalinatas se encuentra con una iglesia con todo lujo de detalles: una imagen de la Última Cena grabada en sal, estatuas de vírgenes y santos, un altar… Hasta los candelabros que cuelgan del techo están hechos de cristales de sal.

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Después de un tiempo libre para campar a vuestras anchas por la capilla, no queda mucho tiempo de recorrido por la mina: apenas unas cuantas cámaras y una pasarela que bordea un lago salado y se llega a un área con restaurante y souvenirs, además de varias exposiciones audiovisuales. Este es el momento cuando uno se acuerda de las escaleras que ha bajado para llegar aquí abajo y tiene un mini ataque de pánico al preguntarse si tendrá que subirlas ahora para salir a la superfície. Por suerte, la subida se realiza en ascensor y en medio minuto, se puede ver de nuevo la luz del sol.

Nuestra impresión de las minas ha sido muy positiva, a pesar de las críticas a su elevado precio, con las que estamos de acuerdo. Volvemos bajo el sol de agosto hacia la parada de tren y cogemos el primero de vuelta a Cracovia, donde todavía nos queda una tarde para explorar la ciudad antes de poner rumbo a República Checa. Mañana: Praga.

En resumen:

Interrail por Europa Central en 15 días



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