Día 10: Galway de noche y la península de Connemara

Día 10: Galway de noche y la península de Connemara

Llegamos a Galway anoche después de un día de imprevistos en nuestra visita a los acantilados de Moher.

Alojamiento y cena en Galway

Nos alojamos en el oeste de la ciudad, en el barrio de Salthill, y nuestra anfitriona de Airbnb fue muy comprensiva con nuestro retraso y nos recibió muy amablemente. Dejamos nuestro equipaje en la habitación y al poco tiempo volvimos a salir para ir a cenar al centro de Galway, a 5 minutos en coche.

Aparcar en la calle en Galway puede resultar un quebradero de cabeza, pero en la calle Claddagh Quay hay sitio para aparcar (nosotros encontramos aparcamiento los dos días y por la noche no hay ORA) o, en caso contrario, la iglesia de Santa María en la misma calle dispone de un aparcamiento a un precio razonable.

Desde allí, en menos de cinco minutos llegamos a las calles peatonales del centro de Galway, una ciudad que enseguida sorprende por su ambiente animado. Recorremos High Street de arriba a abajo y las terrazas están abarrotadas y de todos los locales sale música, pero no encontramos ningún sitio que nos llame la atención en particular para cenar… ¡Se nota que estamos cansados!

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Volvemos al principio de la calle y entramos en uno de los primeros restaurantes que hemos visto al llegar, el McDonagh. Tiene una zona de restaurante más formal y otra de comida rápida (se pide en el mostrador y hay mesas alargadas y bancos donde sentarse). Vamos a esta última zona y pedimos fish and chips de merluza y otro de salmón con patatas y ensalada de repollo. Y bueno, vamos a ser justos porque por lo visto a los locales les encanta el sitio: a Joan le gustó «normal», pero para mí fue un craso error volver a comer fish and chips, ya que no tenía nada que ver en absoluto con el sabor de boca que me dejó el pescado fresco que comimos el día anterior en Dingle. Este era mucho más graso y el pescado no estaba tan rico. Nos sale la comida a unos 8€ por cabeza.

Con tanto aceite de fritura me he quedado con las ganas de algo dulce. Volvemos a subir la calle y paramos en un pequeño local, Murphy’s, una heladería artesanal con sabores de lo más diversos: caramelo y miel, ginebra, chocolate, café irlandés, sal de Dingle, etc. Como no damos abasto con tantos sabores raros, uso el truco de pedirle al chico que nos atiende que nos ponga sus preferidos (siempre funciona) y salimos de la heladería con una tarrina de helado de pan integral caramelizado y cookies Kieran (y 5€ menos, que es lo que vale la tarrina: un palo, pero ¡están super ricos!).

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Y ya con las ansías de dulces saciadas, volvemos a la casa a dormir, ya que mañana nos espera un nuevo encuentro con la naturaleza irlandesa.

Abadía de Kylemore

Nos levantamos temprano pero sin prisas y disfrutamos del espléndido desayuno que nos ha dejado nuestra anfitriona (cereales, pan, quesos, huevos, café…). Por todo donde hemos estado nos han servido desayunos a lo grande, lo del bed and breakfast se lo toman muy en serio: ¡que no se diga que la hospitalidad irlandesa es solo un tópico! Si no habéis probado aún alojaros con Airbnb podéis hacerlo por primera vez con un descuento aquí.

Salimos sobre las 9 y, en una hora y media llegamos a la abadía de Kylemore, pasando lagos y pequeñas montañas en nuestro camino.

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La abadía de Kylemore se conoce como el  Taj Mahal de Irlanda, ya que en sus orígenes a mediados del siglo XIX, fue un castillo construido por amor. Mitchel Henry, un acaudalado empresario inglés compró las tierras de las que su mujer Margaret se había enamorado en su luna de miel y mandó batir un majestuoso palacio. Tras la muerte prematura de Margaret, Henry vendió el castillo, que pasó por diferentes manos hasta 1920, cuando las monjas benedictinas lo compraron y reconvirtieron en un convento y un internado de chicas. Durante nuestra visita, el castillo estaba parcialmente tapado por andamios, aunque a decir verdad su situación al borde de un lago y envuelto del verde de un entorno espectacular, no le quitaba encanto.

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La visita al interior, que nosotros no realizamos, cuesta 13€ (11,70€ si se compra online con antelación) y la abadía abre todos los días de la semana de 9 a 17h30.

Parque Nacional de Connemara

Tras esta breve pero maravillosa parada en la abadía de Kylemore, seguimos nuestro camino y en menos de 15 minutos llegamos al aparcamiento del Parque Nacional de Connemara, no sin antes pararnos a comprar algo para comer al terminar nuestra excursión.

Hemos venido a conocer el parque de Connemara y con el tiempo del que disponemos elegimos una ruta senderista que nos llevará a la cima de Diamond Hill, una colina de 442 metros de altura desde la que se ve la costa de la península y las montañas del Parque Nacional.

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La excursión es de nivel medio y dura poco menos de 3 horas (ruta azul+roja), aunque se puede acortar y realizar una ruta circular fácil que va desde el centro de visitantes hasta los pies de la colina y regresa por otra senda, sin apenas desnivel (ruta azul).

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Por el camino a la cima vemos los famosos ponys de Connemara, una especie autóctona.

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El camino a la cima está marcado como un desvío de la ruta circular. Desde este punto, la pista continúa por un terreno relativamente llano hasta que adquiere una pendiente que se acentúa en los últimos metros.

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Desde la cima, se tienen vistas a las llanuras de la costa de Connemara, que a diferencia de otros lugares de Irlanda, destaca por sus tonos marrones y amarillos más que los típicos verdes, y a los lagos alrededor.

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Al otro lado de la colina, invisibles desde la pista circular, se alzan doce picos conocidos como Twelve Bens, una cordillera en la que el monte más alto mide poco más de 700 metros pero que representa una vista inusual para aquellos que hayan recorrido los terrenos más planos del sur del país.

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La bajada es suave y el camino discurre entre tierras ligeramente cenagosas hasta llegar de nuevo al centro de visitantes, donde aprovechamos para comer en unas mesas al aire libre antes de retomar la ruta, de regreso a Galway.

Para no repetir carretera, esta vez cogemos la Atlantic Road (continuación de la que ya cogimos ayer para llegar a Galway desde los acantilados de Moher) que bordea la península pasando por Clifden hasta Roundstone y luego sigue hasta Galway. Hacemos una parada en Roundstone, un pequeño pueblo pesquero y seguimos en ruta.

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El camino, de estrecheces (¡como no!), nos regala las últimas imágenes de la costa irlandesa ya que mañana cruzamos la isla de oeste a este de regreso a Dublín y al aeropuerto. También nos depara nuestros últimos atascos irlandeses: los que forman las ovejas que campan a sus anchas por la calzada.

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Cuando llegamos a Galway, seguramente por el cansancio de la excursión y de conducir, empiezo a notar un dolor de cabeza que va a más y decidimos que en lugar de volver a cenar al centro, iremos al pub local de la zona de Salthill, donde nos alojamos, que nos ha recomendado nuestra anfitriona: el Tom Sheridan. Debemos ser los únicos guiris y esto está lleno de irlandeses tomándose sus pintas: el ambiente está de lo más animado. Como vamos a cenar, nos colocan en una mesa en la parte de arriba del local y nos pedimos un entrecot de ternera con patatas (Joan) y unas alitas de pollo (yo) que están tremendamente buenas. La cuenta nos sale por 25€.

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Agotados, nos vamos a dormir. Mañana nos daremos un paseo por el centro de Galway por la mañana y pararemos en las ruinas del conjunto monástico de Clonmacnoise y la destilería de whiskey de Kilbeggan en nuestro camino de regreso al aeropuerto: una ruta aparentemente fácil pero por la que casi perdimos un avión. Os lo contamos todo en nuestra próxima entrada.

En resumen:

Ruta por Irlanda e Irlanda del Norte en 11 días



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