Día 9: Acantilados de Moher, Kilfenora y Dolmen de Poulnabrone

Día 9: Acantilados de Moher, Kilfenora y Dolmen de Poulnabrone

Despertamos en Adare después de un espléndido día en la costa agreste de la Península de Dingle. Llegamos a nuestro alojamiento a las afueras de este pequeño pueblo de la campiña irlandesa después de 2h30 de camino desde Dingle. Nuestra anfitriona de Airbnb nos enseña nuestra habitación, que dispone de un espacio de «cocina», con nevera, microondas y varios productos para desayunar al día siguiente. Íbamos a acercarnos a un pub a tomar algo después de cenar, pero la verdad es que después de tantas horas de ruta caemos rendidos. Si todavía no conoces Airbnb y quieres probarlo, aquí tienes un descuento para tu próxima reserva.

Por lo tanto, nuestro primer contacto con Adare lo tenemos en la mañana de nuestro noveno día de ruta por Irlanda, un país cuyos paisajes no dejan de maravillarnos día tras día y lo de hoy no va a ser menos.

Adare

No os vamos a engañar: el día empieza flojo. Fijamos Adare como punto intermedio para dormir entre Dingle y los acantilados de Moher, y también porque el pueblo aparece en las guías como el lugar idóneo para ver los típicos cottages, casas irlandesas con tejados de paja. Pero la realidad es que las pocas que hay son tiendas y restaurantes y se encuentran apiñadas en un pequeño tramo de la calle principal.
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Para más decepción, las más antiguas y famosas fueron destruidas en un incendio hace unos años y se encuentran en proceso de reconstrucción.

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Total, que no solo no vale la pena la parada sino que además, si vais a seguir la Atlantic Road desde los acantilados de Moher a Galway o en la península de Connemara vais a ver montones de estas populares casas por el camino, bien conservadas y más auténticas, como la que podéis ver aquí:

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En Adare también hay un castillo medieval, pero solo puede visitarse con guía y a ciertas horas. En concreto, la primera visita salía a las 10h el día de nuestra visita, así que para no desaprovechar el madrugón y esperar a la hora establecida, nos saltamos la parada y seguimos nuestra ruta hacia los acantilados de Moher.

Castillo de Bunratty

Ha amanecido un día gris y al cabo de poco tiempo en la carretera empieza a llover con ganas. Pronto realizamos una primera parada en la N18 entre Limerick y Ennis, aproximadamente a medio camino de nuestro destino fuerte de hoy. Se trata del castillo de Bunratty, una torre fortificada del siglo XV. La torre, cuyo esplendor medieval fue restaurado en los años cincuenta, alberga estancias decoradas al estilo de la época. La entrada cuesta 12€ para los adultos y permite el acceso a la torre y al parque folklórico que lo rodea: una especie de reproducción de casas, costumbres y oficios tradicionales de Irlanda. Nosotros no realizamos la visita y simplemente aprovechamos las vistas al exterior del edificio para descansar un rato de conducir bajo el aguacero.

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Acantilados de Moher: primer intento

Sí, sí, primer intento. Porque ahora nos reímos pero después de conducir bajo una lluvia constante y, la última media hora, entre una niebla que se iba haciendo espesa a medida que nos acercábamos a nuestro destino, os aseguro que no estábamos para bromas.  La niebla era terrible hasta el punto de que me equivoqué de aparcamiento (me metí en el de los buses y tuve que dar media vuelta con cero visibilidad) y encima pensando que menuda pérdida de tiempo ya que probablemente no, seguro, no íbamos a poder ver los ansiados acantilados.

En efecto, cuando finalmente encuentro el aparcamiento correcto (realmente si tenéis un mínimo de visibilidad no hay pérdida), bajo la ventanilla y el operario nos dice que si hemos venido a ver los acantilados. Ejem… ¿pues a qué si no? Nos comunica la noticia ya anunciada: no íbamos a ver nada. Que volviéramos por la tarde a ver si había suerte o al día siguiente (que va a ser que no porque no entra en nuestro plan de ruta circular). ¿Nada de nada? Pues vaya… Ahora habría querido tener una foto para mostraros el gris envolvente que nos rodeaba, pero en esos momentos ni tuve ánimos de sacar la cámara, pero bueno, imaginaros una foto gris total.

Nos dejan pasar al aparcamiento para dar media vuelta y empezamos a mirar opciones de cómo pasar el día por la zona y esperar a ver si se despeja el cielo para un segundo intento por la tarde.

Las cruces de Kilfenora, The Burren y el dolmen de Poulnabrone

Lo malo, que todos los planes en los alrededores son paradas cortas, de 15-30 minutos a lo sumo. Lo primero que hacemos es dirigirnos a Kilfenora, un pueblo muy chico conocido como la puerta al paraje natural de The Burren. Cuando llegamos a Kilfenora son aproximadamente las 12h30. Paramos y nos disponemos a visitar la pequeña iglesia del lugar.

La iglesia en sí tiene más bien poco interés. Pero tiene un pequeño museo gratuito al que se accede dándole la vuelta al edificio donde se encuentran ejemplos de las famosas cruces celtas.

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Se trata de cruces de piedra de grandes dimensiones, que datan aproximadamente del siglo XII, en buen estado de conservación. Algunas de ellas son más lisas y sencillas, como la cruz del Norte, que apenas tiene dos espirales a los lados, mientras que otras están ricamente adornadas, como la cruz de Dorotea en el centro de la sala bajo el techo acristalado.

kilfenora

Como ya hemos mencionado, Kilfenora es uno de los pueblos que limitan el parque natural de The Burren. Nos adentramos en este paisaje para llegar a nuestro próximo destino, el dolmen de Poulnabrone. El entorno de The Burren se caracteriza por formaciones rocosas planas y agrietadas donde la vegetación es escasa pero de lo más variada. De hecho, el 70% de la flora autóctona crece en este paisaje casi lunar.

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Al poco tiempo llegamos al dolmen de Poulnabrone, una construcción funeraria prehistórica que data de entre los años 4200 y 2900 a.C. Hay un pequeño aparcamiento gratuito y el acceso al sitio también es gratis. El dolmen está constituido por una piedra lisa que se erige sobre otras dos losas verticales. La verdad es que el monumento megalítico en el entorno de The Burren y con este cielo tiene un aspecto algo fantasmagórico e inquietante.

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Acantilados de Moher: segundo intento y…

El sol ni hace amagos de salir y sigue cayendo una fina y constante lluvia que nos deja sin esperanzas de ver los acantilados de Moher. Estamos a punto de seguir hacia Galway, donde tenemos reservado alojamiento para esta noche y resignarnos a que nos vamos a ir de Irlanda sin tener la suerte de ver uno de los paisajes que más ganas teníamos de conocer de cerca, pero por si acaso le pregunto al guarda del dolmen si hay algo más que hacer por los alrededores para ganar algo de tiempo antes de poner rumbo a Galway.

El tipo empieza a hablar con ese acento irlandés cerrado y no para. Nos cuenta que el tiempo es impredecible y que ahí puede estar nublado y haberse despejado en los acantilados, con un análisis de la dirección y la fuerza del viento incluido. Luego empieza a darnos direcciones para ir en coche a diferentes lugares de nombres impronunciables desde donde puede verse el mar. Y que si llegados a un cierto punto de la carretera miramos al horizonte y vemos las islas de Aran, entonces vale la pena regresar a los acantilados.

Nos deja claro que hay que intentarlo y, después de todo, lleva la razón, ¡para una vez que venimos a Irlanda no nos vamos a quedar con la duda! Eso sí, nos han abrumado tanto los nombres y los datos que pasamos de Kilmoon y Lisdoonvarna: si vamos a intentarlo lo haremos sin rodeos, por la ruta más corta. Emprendemos el camino y a medida que nos acercamos empezamos a ver algún que otro rastro de azul entre las nubes y esperamos llegar a tiempo para ver algo y que no se tuerza el tiempo de nuevo.

En una hora aproximadamente nos plantamos en el aparcamiento que esta vez encuentro a la primera porque… ¡no hay ni rastro de niebla! ¡Qué subidón! Pagamos los 6€ por persona y tengo que reconocer que por la emoción se me ha olvidado enseñar el carnet de estudiante para el descuento (no pasa nada, eran 4,50€). Aunque luego vemos que hay gente que deja a los pasajeros a un lado de la carretera en la entrada y solo paga el conductor. Al fin y al cabo, realmente se paga por el aparcamiento, porque luego nadie os pide entrada ni en los acantilados ni en el centro de visitantes.

Andamos hasta el borde de los acantilados y… ¡wow! ¡Estamos taaan contentos de que se haya arreglado el día! Que aparte de ser impactantes ya de por sí, ¡son los acantilados de Harry Potter (para más señas, donde se encuentra la cueva a la que van Harry y Dumbledore a buscar el Horrocrux)! Y para quién no sea fan del mago inglés o para más referencias cinematográficas, también son los acantilados del filme de La princesa prometida. Vamos, paisaje de cine.

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La caída de los acantilados al mar gris oscuro es dramática y vertiginosa: de 120 a 214 metros de altura en el punto más alto.

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El sendero que discurre paralelo a la orilla de los acantilados abarca unos 8km, de los cuales apenas 2km pertenecen al Centro de Visitantes. Más o menos a la mitad de los acantilados se erige la torre de O’Brien, un mirador construido en el siglo XIX para satisfacer a los turistas que ya atraía este fantástico paisaje en la época. La ascensión a la torre se paga a parte y cuesta 2€ por persona, aunque nosotros no subimos y pensamos que las mejores vistas se tienen justo en la zona donde está la torre o andando en dirección contraria, hacia la izquierda del centro de visitantes, ya que más allá de la torre de O’Brien, la visibilidad se reduce.

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Hay carteles indicativos que avisan a los viajeros que el camino oficial ha terminado, pero se puede continuar andando a ambos lados con toda seguridad (con un poco de sentido común: no hace falta colgarse del acantilado para que lo vean todos en Instagram, con un poco de distancia también mola). Simplemente tened cuidado con las condiciones meteorológicas. El día ha mejorado bastante y nos ha dejado maravillarnos delante de esta obra maestra de la naturaleza, aunque en algún momento el viento es tan fuerte que el agua salpica la parte de arriba de las rocas (sí, a más de 150 metros de altura) y la niebla va y viene sobre la torre de O’Brien, aunque no parece avanzar mucho más (os juramos que las fotos son del mismo día en cuestión de minutos: ¡el tiempo en Irlanda es de locos!).

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Las mejores horas para visitar los acantilados son sin duda muy temprano por la mañana o a partir de las 16h, cuando los buses y los tours ya están de regreso a Limerick, Galway o Dublín, los tres núcleos urbanos de los que salen decenas de excursiones diarias hasta esta orilla del Atlántico.

Antes de iros, no olvidéis dar un pequeño paseo por el centro de visitantes, donde hay una pequeña exposición sobre la formación geológica de los acantilados, la biodiversidad en las rocas y el fondo marino, y una proyección de los acantilados a vista de pájaro, entre otros.

Castillo de Dunguaire

Hoy iba a ser un día relativamente relajado de kilómetros y las condiciones meteorológicas nos han hecho dar mil rodeos esperando que se despejara el cielo para ver los famosos acantilados de Moher. Por eso, cuando regresamos al coche para irnos dirección a Galway, donde nos alojaremos nuestras dos últimas noches en Irlanda, lo hacemos con mucha, mucha pereza por la hora y tres cuartos al volante que nos esperan.

Como se nos ha hecho tarde, decidimos hacerlo todo de tira, con una única parada al cabo de una hora en el castillo de Dunguaire, justo antes de llegar a Kinvarra en la N67. No hay que desviarse de la ruta para admirar las ruinas de esta sobria edificación del siglo XVI. Ideal para una parada al atardecer, cuando el castillo se refleja en las aguas de la bahía de Galway. En verano organizan banquetes-espectáculo cada noche, una experiencia que cuesta nada más y nada menos que unos 50€ por cabeza. De otro modo, la visita cuesta 8,50€ por adulto.

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Hay un aparcamiento justo a la derecha de la carretera donde incluso podréis ver los famosos Irish cottages que nos han dejado indiferentes esta mañana en Adare y que ahora vemos constantemente a un lado y otro de la carretera que bordea este lado del Atlántico.

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Llegada a Galway

Llegamos a Galway a las 20h30 después de un día que ha empezado torcido y ha terminado con la alegría de poder ver los acantilados de Moher en todo su esplendor. ¡Os contamos dónde nos alojamos y qué hicimos en Galway y la península de Connemara en nuestra próxima entrada!

En resumen:

Ruta por Irlanda e Irlanda del Norte en 11 días



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