Día 2: Tokio – Asakusa, Ueno, Ikekuburo y Shinjuku

Día 2: Tokio – Asakusa, Ueno, Ikekuburo y Shinjuku

Suena el despertador para nuestro segundo día en la capital nipona. Ya completamente recuperada del mareo del avión y, pero los dos con los primeros signos de jet lag, salimos pronto a explorar las calles del barrio de Asakusa.

Asakusa: Templo Senso-ji

A las 8h de la mañana, todo está cerrado en Asakusa: el barrio se despierta tarde y las calles están vacías.

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Llegamos en pocos minutos a la puerta Kaminarimon, a la entrada de la calle Nakamise, el lugar ideal para comprar recuerdos japoneses tradicionales en Tokio o probar alguno de los dulces que preparan en los locales a ambos lados de la calle. A esta hora, no obstante, las persianas permanecen cerradas y se respira calma: a la vuelta de nuestra visita al templo, la calle estará repleta.

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Llegamos al final de la calle y antes de cruzar la puerta principal del templo, Hozomon, ya tenemos una bonita vista panorámica del complejo religioso: el salón principal, la pagoda de cinco pisos y algunos pabellones colindantes.

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Y si giramos la vista, a lo lejos, el Skytree, que desde sus 634 metros de altura (es el edificio más alto del país) domina gran parte de la ciudad y contrasta enormemente con la espiritualidad del templo en el que nos encontramos. Para nosotros, es la yuxtaposición de elementos que exuden modernidad y de aquellos tan típicamente tradicionales lo que hace de esta ciudad un lugar realmente especial y lo que nos llamó también mucho la atención en nuestra visita a Hong Kong.

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Cruzamos la puerta de Hozomon y nos sorprende ver dos gigantescas alpargatas colgadas del otro lado de la construcción. Se trata de un regalo de los habitantes del pueblo de Murayama en agradecimiento por la elección de un escultor local para crear las estatuas de las divinidades que custodian la entrada.

De camino al salón principal vemos varios de los elementos típicos de un templo budista. En primer lugar, una zona para limpiarse. Veréis que a la entrada de todos los templos hay una fuente con uno o varios cazos. Los japoneses se lavan primero una mano, luego otra y finalmente la boca con el agua para purificarse antes de entrar al recinto religioso. Luego, a ambos lados del camino, veréis quioscos para la compra de amuletos (algunos amuletos son parecidos por todos lados y otros son exclusivos del templo) o barritas de incienso y, al frente, una zona de quema.

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Adicionalmente, veréis otros quioscos llenos de pequeños cajones y una caja metálica con palillos de madera en el interior. A cambio de un donativo, los visitantes pueden agitar la cajita y sacar uno de los palillos por un pequeño orificio con un símbolo de la escritura japonesa que indica el cajón que se debe abrir para obtener un omikuji: un pequeño papel que indica la fortuna. A Joan le salió uno de muy buena fortuna, mientras que a mí me salió uno de fortuna regular. Los hay de mala fortuna, así que ¡me conformo!

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Ya en el salón principal, los altares disponen de una campana y una cuerda y los creyentes hacen fila para rezar y tocarla, un proceso ritual en el que también dan una serie de palmadas. La visita al templo es gratuita con la excepción de la entrada al Salón del Tesoro, que permanecía abierta solo para los feligreses para las ofrendas y ritos de Año Nuevo cuando nosotros visitamos.

Nos dirigimos a la pagoda de cinco pisos y pasamos al lado de un pabellón adjunto hasta llegar a una calle comercial cubierta, donde paramos a comprar desayuno. En concreto, probamos el melonpan, un sabroso panecillo dulce que nos encantó. Lo compramos en Kagetsudo Honten por 200¥, muy cerquita de la entrada de la calle, en el lado izquierdo, y repetimos otro día de lo rico que estuvo.

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Lo acompañamos de un café de lata de las máquinas expendedoras: fijaos bien que venden bebidas calientes (marcadas en rojo) y frías (en azul). Los cafés japoneses son muy dulzones, en exceso. A nosotros que nos gusta el café probamos varias marcas de las máquinas y, al final, nos quedamos con ésta (si alguien sabe japonés que nos corrija, pero para mí que la lata pone «solo 20% de azúcar). En la máquina suelen costar entre 100¥-120¥.

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Deshacemos camino y nos vamos a explorar el otro lado del templo Senso-ji hasta el pabellón Benten-do, con una enorme campana sobre un pequeño montículo.

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Los jardines de alrededor están decorados con estatuas budistas, todas tapaditas en invierno y algunas tan tiernas como esta figura maternal.

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Damos por terminada la visita al templo y volvemos por la calle principal de Nakamise, ahora con todos los negocios abiertos, un montón de gente y un olor dulzón saliendo de los locales a cada pocos pasos.

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Parque Ueno y mercado de Ameyoko

Nos acercamos a la estación para coger el metro y nos vamos a Ueno. Damos un paseo por el parque, muy popular entre las parejas japonesas cuando los cerezos están en flor. En invierno, sin embargo, los árboles lucen sus ramas desnudas aunque así, por lo menos, aprovechamos los rayos de sol para combatir un poco el frío.

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En el parque, además de dar un paseo, visitamos el santuario Toshogu, a cuyas puertas doradas se llega por un caminito flanqueado por linternas de piedra, dejando a un lado una pagoda de cinco pisos.

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Otro templo muy recomendable es Kiyomizu Kannon-do en un extremo del parque, con vistas a un estanque que debe ser precioso cubierto de loto en primavera. Justo delante del templo hay un pino cuyas ramas están dispuestas en forma circular. Se dice que el templo se construyó a semejanza del templo Kiyomizu-dera en Kioto, como una versión reducida, con la que nosotros tuvimos que conformarnos al estar este último totalmente cubierto de andamios en nuestra visita.

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Bajando las escaleras desde este templo, llegamos a Benten-do, otro pequeño templo con un altar y un círculo de cuerda: los creyentes andan a través de él y a su alrededor dibujando con sus pasos el símbolo del infinito repetidamente.

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Salimos del recinto del parque y nos vamos a la cercana calle Ameyoko, donde volvemos a tener un ejemplo de la vida de a pie que se experimenta entre los modernos edificios de la gran ciudad.

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No se trata del típico mercado asiático: desordenado, ruidoso y amontonado; pero sí un mercado de comestibles muy particular, con montones de pescado, productos envinagrados y algas innombrables, además de frutas, verduras y hongos de todo tipo. Hay puestos en la calle y también una parte del mercado bajo un edificio.

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Después de dar mil vueltas, ya se ha hecho hora de comer y encontramos un local de Tendon Tenya, una cadena especializada en rebozado japonés tempura. Nos pedimos dos menús, uno con marisco y el otro solo de verduras (a mí el marisco…), que nos sirven junto con arroz y una sopa miso (una de las pocas cosas que no me gustó de lo que pudimos probar de la gastronomía japonesa). El agua y el té se sirven gratis. Pagamos 1500¥ (unos 11,5€ al cambio) entre los dos.

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Después de comer, nos acercamos al santuario Yushima-Tenmangu, a unos 15 minutos andando. Se trata de un pequeño templo, mucho menos turístico, donde podemos observar los preparativos para el Año Nuevo que ya se acerca. Los niños y también adultos escriben sus deseos en los amuletos que dejan colgando en las inmediaciones del templo y se respira ya el aire festivo.

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Paseo exprés por Ikekuburo

Son las 16h y nuestro siguiente plan para el día de hoy era ir a Shinjuku, pero lo teníamos apuntado para la noche, así que nos sobra tiempo antes de que caiga el sol. Por ello, decidimos darnos un paseo por el barrio de Ikekuburo y buscamos la estación de metro más cercana para llegar.

Ikekuburo es un barrio extremadamente moderno, repleto de grandes centros comerciales y rascacielos. Las calles están a rebosar de gente con abultadas bolsas entrando y saliendo de las tiendas, de ropa principalmente.

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Tras un paseo rápido damos con el Sunshine Centre, un gran centro comercial y de convenciones donde se encuentra el Pokemon Center, la tienda Pokemon más grande de Tokio.

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En el mismo edificio hay también está el J-World, un parque temático dedicado a Bola de Dragón, One Piece y Naruto. La entrada cuesta 800¥ y cada atracción 800¥ adicionales, un poco caro. Aún así, si sois muy fans, quizás vale la pena entrar y echar un vistazo. Nosotros no lo hicimos, pero las redes están llenas de gente que entró a echarse la foto encima de una nube mágica kinton.

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Tokio desde las alturas y Kabukichoo

Tras esta visita rápida a Ikebukuro y, al ser invierno, ya empieza a atardecer así que regresamos al metro y nos dirigimos esta vez a Shinjuku con la idea de subir al edificio del gobierno metropolitano de Tokio, la torre del ayuntamiento. Hay tres lugares muy populares para ver Tokio desde las alturas: el Skytree (634m), la Torre de Tokio (333m) y el ayuntamiento (243m), pero solo este último es gratis.

Nos gusta subir a edificios altos al atardecer, por la posibilidad de ver la ciudad al atardecer y también iluminada de noche. Para el atardecer aquí llegamos más bien justos, pues había cola para el ascensor y cuando llegamos arriba, ya se había puesto el sol. Justo tuvimos suficiente tiempo para ver la silueta del Monte Fuji de fondo (se aprecia a la derecha de la foto), lo cual nos convenció de volver a subir otro día por la mañana para ver la mística montaña de día.

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Hay dos observatorios, ubicados en cada una de las torres del ayuntamiento. Prácticamente se ve lo mismo desde uno u otro, pero mientras que el observatorio sur abre de 9h30 a 17h30, el observatorio norte permanece abierto hasta tarde por la noche y cierra a las 23h. Si visitáis en época de Navidad y Año Nuevo, tened en cuenta que el edificio cierra al público del 29 al 31 de diciembre y los días 2 y 3 de enero.

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Bajamos y decidimos ir andando hacia el barrio rojo de Kabukicho al sur de Shinjuku. De noche está enteramente iluminado con luces de neón y en las calles adyacentes a la principal se suceden love hotels uno tras otro. De nuevo, como nos pasó ayer en las librerías manga donde a medida que subías plantas subía también el tono de los libros, nos sorprende este doble estándar de los japoneses y el sexo. Por un lado, una población envejecida, poca natalidad, muchos solteros y un aparente desinterés por cualquier cosa relacionada con el sexo. Por otro, una industria del sexo en auge.

No es el único vicio del barrio de Shinjuku: los japoneses son también muy dados al pachinko, una especie de pinball al que le dedican salas de juego enteras. La música a todo volumen apenas logra camuflar el ruido de las docenas de bolas que van cayendo en el juego.

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Seguimos nuestro recorrido en busca de los callejones de Golden Gai, a pocos minutos de la zona roja. Se trata de una serie de estrechos pasadizos, poco iluminados, en los que se encuentran montones de tabernas, algunas de ellas reservadas exclusivamente a clientela japonesa. En nuestro plan original, pensamos que quizás fuera buena idea parar en una de ellas a tomar algo antes de cenar, pero lo descartamos al ver que la mayoría de las que exhibía un cartel de «Tourists welcome» cobraban una tarifa de entrada más la consumición, con lo que al final la cuenta puede ser salada.

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Con este panorama, saltamos directamente a la cena. Volvemos a la zona más cercana a la estación de Shinjuku y decidimos cenar de sushi. Elegimos el Standing Sushi Bar, un pequeño local (hay varios repartidos por Tokio), por recomendación de una amiga que estuvo en Japón en verano. El local apenas dispone de una barra en la que la gente come de pie. Justo delante, hay un mostrador con todo tipo de pescado fresco y los comensales van pidiendo directamente al cocinero, que prepara el sushi al momento.

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Lo más común es pedir nigiri (el arroz con el trozo de pescado encima, vienen dos por porción), aunque también es posible ordenar makis (el típico rollo de sushi en cantidades más grandes) o sashimi (cortes de pescado crudo). Nosotros comimos solo nigiris y cambió completamente el concepto que teníamos de sushi. ¡De otro planeta! Se nota muchísimo que en Japón no están obligados a congelar el pescado antes de preparar el sushi y no puede ser más fresco y se nota en la textura. La bola de arroz de la base lleva la cantidad ideal de wasabi. Entre pieza y pieza, un poco de jengibre encurtido y a seguir disfrutando de cada bocado.

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Cuando creemos que no se puede superar la experiencia gastronómica que estamos viviendo, viene la guinda del pastel: el nigiri de anguila (unagi). Sobre el lecho de arroz, el cocinero pone un pedacito de pescado, lo flamea (éste no se come crudo) y le echa una salsa. Cierro los ojos y todavía noto el sabor, os lo prometo.

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Y además, no es nada caro: nos hemos quedado a gusto por 1800¥ (14€).

Ahora sí, el sueño nos gana. Son las 21h pero ya al subir al edificio del ayuntamiento nos hubiéramos dormido en cualquier rincón. Volvemos al metro por las calles de Shinjuku, exageradamente iluminadas.

IMG_6880-minRegresamos a Asakusa, donde nos desviamos a ver el templo Senso-ji de noche, y al llegar al hostal nos metemos directos a la cama porque mañana, como no, toca madrugar: esta vez, para visitar el famoso mercado de pescado de Tsukiji.

En resumen:

Itinerario: Japón en 12 días



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