Día 1 en Marrakech o cómo sobrevivir en el zoco

Día 1 en Marrakech o cómo sobrevivir en el zoco

Marrakech es una urbe a medio camino entre el tumulto organizado de cualquier ciudad oriental y ser una atracción hecha a medida para el turista. Muchos son los viajeros que afirman que Marrakech se odia o se ama y nosotros todavía no hemos encontrado motivos para que no nos encante.

Cómo llegar del aeropuerto a la medina de Marrakech

Llegamos al aeropuerto de Marrakech-Menara a las nueve de la mañana después de una escala nocturna interminable en Madrid (momentos en los que sin duda desearíamos no vivir en una isla, pero luego se nos pasa).

Para desplazaros a la medina, tendréis básicamente tres opciones:

– Contratar el transfer que muy probablemente os ofrezca vuestro alojamiento por unos 150MAD (muy caro y solo recomendable si vais a llegar de noche, para ahorraros tener que merodear buscando el hotel por las callejuelas oscuras de una medina complicada)

– Coger un petit taxi, que podréis conseguir regateando por 100MAD como máximo.

– Coger el bus de línea de ALSA justo a la salida del aeropuerto, que os deja justo al lado de la plaza Jemaa el Fna, desde dónde muy probablemente podréis llegar andando al riad o al hotel. Es la opción más económica, a 30MAD por persona, aunque si 3 o más por el mismo precio podréis ir en taxi.

Os aconsejamos cambiar vuestros euros a dirham marroquí en el mismo aeropuerto o en los bancos de la plaza Jemaa el Fna, el centro neurálgico de la medina marrakechí. El tipo de cambio durante nuestra visita era de 1€=10,40MAD.

Minarete de la Koutubia

Nada más llegar, el autobús nos deja justo enfrente de la mezquita de la Koutubia. El acceso a las mezquitas está restringido a los no musulmanes, pero vale la pena admirar el exterior del este templo del siglo XII y su minarete, que muchos comparan a la Giralda (y, personalmente, nos recuerda lo muy pendiente que tenemos un viaje a Andalucía).

Seguimos nuestro camino hacia nuestro alojamiento. Para completar una experiencia redonda en Marrakech (o cualquier otro lugar de Marruecos), lo mejor es alojarse en uno de sus muchos riads, antiguos palacios con patio donde podréis dormir a precios muy asequibles.

En particular, nuestra elección fue el Riad Venise, un alojamiento sencillo y coqueto que encontramos en Airbnb a un precio increíble de 38€ para tres noches en habitación doble. Un chollo en toda regla. ¿Aún no conoces Airbnb? Abre una cuenta desde aquí y consigue 30€ de regalo para tu primera estancia.


Encontramos nuestro hotel gracias a nuestra app de mapas offline favorita CityMaps2Go y la ayuda de la recepcionista otro riad cercano al nuestro. Tras un té de bienvenida en el Riad Venise y dejar las maletas en la habitación, vamos directos al zoco, dónde nos planteamos la pregunta más importante de un viaje a Marrakech:

¿Cómo sobrevivir al zoco de Marrakech…

…sin perderte? … y sin comprarte mil y una cosas que realmente no quieres?

Lo primero es imposible, mientras que lo segundo es extremadamente difícil. Si vais a adentraros en el zoco, lo mejor es hacerlo previamente concienciados de que seguro os vais a desorientar, de que os vais a encontrar los distintos gremios por casualidad, y de que la presión al comprador puede ser bastante agresiva, aunque nosotros personalmente no nos sentimos agobiados. A pesar de todo esto, aquí vienen algunos consejos:

        – Buscad referentes: si trianguláis entre la Plaza Jemaa el Fna, la plaza de las Especias y la Madrasa Ben Yousef, podréis ver prácticamente la totalidad de los zocos sin perderos (demasiado).

– Si os perdéis, pedid indicaciones siempre a un vendedor que esté solo en su tienda. Como no va a dejar su mercancía, no os encontraréis con la incómoda situación de que os acompañe a vuestro destino y luego os pida dinero por el servicio.

– Ante la insistencia de los vendedores, el mejor antídoto es una sonrisa y un la, shukran (no, gracias). Para aquellos más pesados, alejarse con un «mucho mirar y poco comprar» también funciona.

        – No pidáis precios si realmente no estáis interesados en comprar, precisamente para evitar que os presionen.

        – Regatear es parte de la experiencia en el zoco. No dudéis en rebajar el primer precio a un cuarto o un tercio de lo que os pidan, para terminar pagando aproximadamente la mitad del precio inicial. Los vendedores marroquíes son expertos y no van a salir perdiendo nunca, por mucho que hayan rebajado. Mucha gente viaja a Marruecos y regresa con la sensación de que le han timado en todos lados. Desde nuestra perspectiva, esto tiene un punto de verdad (siempre os van a cobrar más que a los locales), pero por ello recomendamos que cada vez que empecéis una negociación tengáis claro el desembolso máximo que estáis dispuestos a hacer para evitar sentiros estafados.
Dicho esto, tenemos que reconocer que somos malos – ¡malísimos! – regateando y que somos los primeros a los que nos tendríamos que aplicar el cuento a rajatabla, porque siempre acabamos cediendo antes de hora.

Nuestro recorrido por el zoco empezó por Semmarine, que empieza en la mítica plaza Jemaa el Fna (justo a la derecha del Café Argana), una calle cubierta en la que encontraréis todo tipo de objetos de souvenir, ropa, cuero y algunos puestos de frutos secos (¡dónde nosotros nos cargamos de provisiones para el largo camino al desierto!).

Más adelante en la misma calle encontraréis dos puestos de dulces marroquíes: a base de frutos secos, melosos y dulzones, los pastelitos de la Patisserie Dounia son francamente irresistibles.

Más o menos a la altura de los pastelitos, podéis desviaros hacia la derecha (viniendo de la plaza Jemaa el Fna) para adentraros en el zoco de las especias. Aquí os hartaréis de que os llamen la atención para oler decenas de especies diferentes, hierbas «mágicas» contra los ronquidos, cosméticos naturales y, si os dejáis llevar, hasta os harán creer que tienen la piedra filosofal.

Siguiendo el reguero de gente, llegaréis fácilmente a la plaza de las Especias (está señalizada como Rahba Lakdima. Desde allí, podéis ir hacia el sur, donde encontraréis todo tipo de bolsos y cestos de palma o hacia el norte, donde encontraréis alfombras por doquier.

Nosotros aprovechamos el oasis de la plaza de las Especias para comer. Nos dirigimos a la terraza del Café des Épices, en la misma plaza, para degustar una combinación de diversas ensaladas, un tajine de sardinas y el primero de muchos tés a la menta. Nos costó todo unos 140MAD (dentro del rango de precios para los restaurantes más turísticos, pero por encima del coste de los restaurantes locales que visitamos otros días). La comida estuvo bien, pero recomendaríamos el Café por la tranquilidad y las vistas, ideal para tomar algo más que para comer.

Seguimos nuestro camino para perdernos y encontrar, de pura casualidad, los zocos Smata (de las babuchas) y el zoco Laksour (de las lámparas de latón), entre muchos otros, recorriendo callejones y cruzando mercados de fruta y verdura, hasta que llegamos a la Madrasa Ben Youssef.


La fiesta del color

Al llegar a la madrasa casi seguro que os encontráis algún chico que os cuenta que los bereberes bajan de la montaña a trabajar las pieles en las curtidurías una vez a la semana, un día especial que llaman la fiesta del color. Y casualmente, porque no podía ser de otra manera, siempre tendréis la suerte única de viajar a Marrakech el día de la fiesta del color porque, evidentemente, todo es un cuento chino.

Aunque no os lo traguéis, si queréis visitar las curtidurías, pueden ser difíciles de encontrar y quizás no sea del todo mala idea aprovechar el bulo de la fiesta del color. Nosotros dudamos, pero al final accedimos y nos llevaron andando unos 10 minutos hacia las curtidurías.

Una vez allí, nos dejaron con otro chico que nos dio una ramita de menta para combatir el fuerte olor y nos guió entre las cubas, explicándonos el proceso que se sigue con las pieles: primero se curten las pieles con excrementos de paloma (¿empezáis a entender porque huelen TAN mal?), luego se secan, se limpian y ya están preparadas para elaborar todo tipo de bolsos, cojines, carteras y cinturones. En las curtidurías de Marrakech no se tiñen las pieles. Para ver las cubas más coloridas, hay que ir a las famosas tenerías de Fez.

Después de una visita a las curtidurías, siempre os llevaran a una tienda, desde donde podréis observarlas desde la terraza.



Si compráis en la tienda, fabuloso. Si no, viene la (no tan) sorpresa: el guía que os ha acompañado os esperará fuera para pediros una retribución por sus servicios. Y si oponéis resistencia, saldrá un amigo suyo de la nada diciéndote que lo que le quieres dar es muy poco y que el dinero no es para él sino para una cooperativa de bereberes. En fin, que como ya os habíamos adelantado, tenéis que asumir que nada es gratis, por lo cual siempre es recomendable fijar un precio antes de aceptar cualquier tipo de ayuda. Nosotros pagamos 20MAD (2€ por persona), pero nos pedían 100!

Visita a la Madrasa Ben Youssef

Regresamos de las curtidurías para, ahora sí, visitar la Madrasa Ben Youssef. Una madrasa (o medersa) es una antigua escuela coránica. Normalmente, están asociadas a alguna mezquita cercana, que no podréis visitar ya que tienen el acceso restringido a los no musulmanes. La madrasa se encuentra abierta al público todos los días de 9h a 18h y la entrada cuesta 20MAD (2€).


La Madrasa Ben Youssef es un monumento del siglo XV realmente impresionante que acogía a casi un millar de estudiantes. Algunos, incluso se quedaban a dormir en una de las 130 celdas del complejo. En la visita, podréis ver el patio interior, con una alberca para las abluciones; las habitaciones de la primera planta que dan al patio; y la sala de oraciones. El patrón que se repite en casi todas las madrasas es el mismo: acabados geométricos en mármol, cedro y estuco, y unos fabulosos azulejos.

Al salir de la madrasa Ben Youssef y delante de la mezquita del mismo nombre podréis ver la cúpula almorávide (Qubba Barudyine), una construcción andalusí del siglo XI que antiguamente albergaba varias fuentes para las abluciones.



Y si seguís un poco más adelante desde la cúpula, podréis ver también un callejón del zoco dedicado exclusivamente a la venta de pieles curtidas aún sin trabajar.

Museo de Marrakech

Saliendo también de la madrasa Ben Youssef y a escasos metros está el Museo de Marrakech. La entrada cuesta 30MAD (3€). Aunque como museo vale más bien poco: hay algún que otro cuadro, cerámicas y objetos tradicionales; lo cierto es que se encuentra en un imponente palacio que vale la pena visitar solamente por el edificio en sí. O por la lámpara.

Plaza Jemaa el Fna: el día y la noche

Empieza a atardecer y volvemos a adentrarnos en el zoco, donde hay mucha más gente que por la mañana. No deshacemos el camino ya que, a pesar de que nos parece reconocer algunos rincones, nos perdemos de nuevo y, sin darnos cuenta, llegamos de nuevo al zoco Semmarine y salimos a la plaza Jemaa el Fna (la grande place). El ambiente respecto a la mañana ya es prácticamente irreconocible. Como si los vendedores, encantadores de serpientes y músicos que animan la plaza fueran despertando de su letargo diurno, la plaza cobra vida a medida que pasan las horas y rebosa de actividad al caer la noche.

El mejor lugar para ver cómo se transforma la plaza a la salida del sol es sin duda el balcón del Café Glacier. A cambio de una consumición obligada (el té a la menta, por ejemplo, cuesta 10MAD o 1€), podrás pasar todo el tiempo que quieras en el balcón, con vistas preciosas al tumulto de la plaza y al minarete de la Koutubia.

Os dejamos una pequeña reseña de los personajes de la plaza para que sepáis a qué atenderos:

        – Los vendedores de zumos: ideal para referscarse. Los zumos de naranja recién exprimidos están buenísimos… ¡y por sólo 4MAD (0,40€)!

– Los gnaouas: a ritmo de una especie de castañuelas metálicas, los gnaouas bailan haciendo rotar la borla de sus sombreros en una especie de trance. Las fotos tienen precio y si demuestras un mínimo interés te perseguirán un rato para que te saques una con ellos.

        – Los aguadores: ataviados de rojo y cargando pequeños recipientes de cobre al cuello, además de un extravagante sombrero, los aguadores solían vender agua en la plaza (y ahora también buscarán que les compres una foto)

– Los músicos: Marrakech se vive con todos los sentidos y los músicos de la plaza Jemaa el Fna se encargan de tus oídos con instrumentos tradicionales de lo más variopintos.

        – Los encantadores de serpientes: si, como a mi, te dan grima las serpientes, ni te acerques. Lejos de ser «encantadores», os perseguirán para colgarte una serpiente al cuello para que te saques una foto por unas monedas. Lo mismo pasa con los (eeehm…) «domadores» de monos.

        – Los pesados camareros de los puestos de comida: se instalan en la plaza en un abrir y cerrar de ojos, pero quitároslos de encima cuesta una eternidad. Conocen las expresiones más pesadas de todos los idiomas y te aseguran que su comida no te va a provocar diarrea. Una carta de presentación de todo menos convincente.

Finalmente, después de pasear por la plaza nos dirigimos al restaurante Chez Chegrouni que, a pesar de su situación en uno de los mayores atractivos de la ciudad, sirve una ensalada marroquí perfectamente especiada, un cuscús delicioso y, mi favorito, un fabuloso tajine de pollo al limón. Todo, con bebidas y vistas a la plaza, por 70MAD por persona (7€).

En resumen:

Itinerario: 12 días en Marruecos



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