Días 4, 5 y 6: Rumbo al desierto de Merzouga

Días 4, 5 y 6: Rumbo al desierto de Merzouga

Si no has presenciado un atardecer en el desierto, no has visto todos los colores de Marruecos.

Desde Marrakech, cruzando las montañas del Atlas y más allá de la ruta de las kasbahs, es posible llegar a las puertas del Sahara. Lo más habitual es que las compañías que realizan estas excursiones os den a elegir entre Zagora (2 días, 1 noche) y Merzouga (3 días, 2 noches). Nosotros no dudamos y optamos por la segunda opción, ya que nunca habíamos estado en el desierto y Merzouga se encuentra a los pies de Erg Chebbi, un conjunto arenoso de dunas que se extiende 20 km en la frontera con Argelia.

Os recomendamos que contratéis la excursión cuando lleguéis a Marrakech. ¡No os van a faltar ofertas! Los precios más habituales oscilan entre 70 y 100€ para la excursión de 3 días/2 noches con desayuno y cena al desierto de Merzouga, así que afilad vuestras habilidades de regateo y negociad bien.

La excursión en tres días no es para nada un paseo. Son muchas horas de carretera, pero a pesar de las prisas, los paisajes merecen el viaje. Empezamos con la bitácora.

Día 4: Marrakech – Aït Ben Haddou – Noche en albergue

Nos recogen del riad a las 7h30 de la mañana, con solo media hora de retraso, lo cual nos pilla por sorpresa, después de nuestra experiencia en la excursión a Essaouira (aunque como ya veréis en los próximos días de viaje, lo de salir aproximadamente a la hora acordada fue una vivencia única). Nos llevan a una calle cercana a la plaza Jemaa el Fna, dónde los minibuses al desierto se suceden unos a otros y nos subimos a uno de ellos, junto con otros 14 viajeros de todos los rincones del mundo, desconocidos con los que pasaremos la velada de Nochevieja a las puertas del Sahara al día siguiente.

Pronto ponemos rumbo a la cordillera del Atlas, pasando por el impresionante puerto de montaña de Tizi n’Tichka. A medida que sumamos millas, baja el termómetro y de los primaverales 18º de Marrakech pasamos a temperaturas bajo cero y nieve. ¡Y yo sin saber que lo peor del frío todavía estaba por venir!

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Atravesamos el Atlas y el paisaje se vuelve árido y de un color rojizo muy característico.

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Estamos en la ruta de las kasbahs, tradicionales construcciones de adobe fortificadas, y sobre las 12h llegamos a Aït Ben Haddou, escenario de películas tan míticas como Lawrence de Arabia y Gladiator. Y para los seriéfilos, es también Yunkai en Juego de Tronos.

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Aquí realizamos una parada larga en la que recorremos colina arriba las callejuelas del pueblo. Con cada paso, nos adentramos más al pasado y a una forma de vida en extinción. Las kasbahs de Aït Ben Haddou pertenecen a tan solo una docena de familias y muchas ni siquiera viven allí y solo las mantienen por el tirón turístico.

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Terminamos la visita y después de resistir a la insistencia de nuestro guía para que nos compráramos un turbante azul como los que llevan los tuaregs para el desierto, nos lleva a un restaurante para turistas (comida asquerosa y precios por las nubes) del que, esta vez, no podemos escapar. Comemos un cuscús insípido con bebida por 180MAD los dos, pero ¿qué le vamos a hacer?

Y tras una de esas comidas que preferimos no recordar, seguimos nuestro camino hasta que llegamos al Valle de las Rosas, donde empieza una nueva muestra de cómo las agencias marrakechíes organizan los viajes sobre la marcha. Empieza a caer la noche y el conductor del minibus empieza a parar en los alojamientos que se encuentra a un lado y otro de la carretera, bajando para preguntar si quedan habitaciones libres. Y no, no había. Finalmente, se mete por un camino que nos lleva a un albergue sobre una colina (Auberge Soleil Bleu) en el que sí nos dan alojamiento, eso sí, sin calefacción, agua caliente limitada y (mal del siglo XXI) sin wifi. Por lo menos, la  cena (incluida en el precio) fue casera y estuvo riquísima.

Día 5: Gargantas del Todra – Merzouga – Noche en haimas en el desierto

Nos despertamos temprano a petición de nuestro conductor, que quiere adelantar un poco el horario para llegar antes al desierto y aprovechar las pocas horas de sol que nos regala el invierno. Después de un desayuno copioso (la verdad es que a pesar de la molestia del frío y la incomunicación, no han escatimado en la comida), a las 8h, nos ponemos en marcha hacia las Gargantas del Todra. ¡Espera! ¿Has dicho Todra? ¿Pero no íbamos a ir a las Gargantas del Dades? Como no podía ser de otra manera en Marruecos, ha habido un cambio de planes a medio camino y tendremos que dejar Dades para otra ocasión.

En poco más de una hora, el minibus para a un lado de la carretera dónde nos recoge un chico que nos lleva en un paseo por el campo que termina en un pueblo muy pequeño, Tighremt N’Tazgue, dónde las casas son de barro y las mujeres limpian la ropa a mano en el río.

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Al acabar el recorrido y antes de ir a las gargantas, el guía nos lleva a una tienda de alfombras. En otras circunstancias, la parada comercial me habría cabreado, pero la verdad es que nos enseñaron cómo trabajaban los materiales y el regateo posterior de algunos de nuestros compañeros de viaje fue hasta gracioso.

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Seguimos para finalizar la visita a las Gargantas del Todra, donde los altísimos acantilados dejan pasajes estrechos en la montaña.

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De vuelta, nos detenemos durante unos minutos para admirar el palmeral de Tinherir.

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Finalmente, volvemos al bus y pronto paramos a comer. El conductor elige un restaurante al borde de la carretera y, esta vez, llevamos suerte, pues los precios son más o menos los que nos encontramos en Marrakech y la comida está rica. Después de reponer energías, seguimos hacia Merzouga, donde llegamos a las 16h.

Y por si el tute de bus no bastara hasta el momento, llega…

El camello

¿Habéis ido alguna vez en camello? Pues no es nada plácido. Una hora y media en camello por las dunas dan para unas agujetas de campeonato. Y el regreso de hora y media al día siguiente deja perlas cómo: «No sé si voy a poder tener hijos después de esto» y «Ir en camello es peor que un golpe de remo».

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Para completar el cuadro, os diremos que bautizamos a nuestros camellos como Papada y Visionario. A Papada no le hace falta presentación: lo tenéis encabezando la fila:

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De Visionario, os contamos que los camellos, cuando bajan las dunas, derrapan. Para evitar que la bajada sea muy brusca, el guía va aplanando la arena con sus pasos, de modo que los camellos van descendiendo más despacio. Al mío, el camino marcado le parecía mainstream y se creaba el suyo propio a medio metro de la fila. A mí me dolían las manos de agarrarme en sus sesiones de patinaje libre. A pesar de lo movidito del paseo, el desierto deja estampas tan plácidas y mágicas como éstas y admiramos cómo los tonos y colores se suceden a medida que cae la tarde.

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Y llegamos al campamento de haimas a oscuras. Cenamos juntos en una tienda grande en medio del campamento y luego salimos al exterior, donde se enciende una hoguera y los chicos del campamento nos tocan algunas canciones al tambor.

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Pero lo que puede parecer una velada apacible, no lo es tanto con el frío del desierto en una noche de invierno. Y a pesar de que es Nochevieja, hay más ganas de arrimarse al fuego para entrar en calor que de animar la fiesta. Así pues, pasamos las horas bajo un manto de estrellas de los que solo pueden verse en el desierto y después de felicitarnos el año nuevo entre todos, nos vamos a dormir. Si es que se le puede llamar dormir: la térmica, dos jerséis, el abrigo y el gorro de lana hasta las orejas, cinco capas de mantas y ni así nos quitamos el frío. Yo me despertaba cada dos por tres titiritando. En fin, el lugar ideal para convivir con pingüinos.

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(Foto de un compañero de viaje, Jonas F.)

Día 6: Madrugón y regreso a Marrakech con parada en Ouarzazate

Son las 5 de la mañana cuando nos despiertan y si hace este frío debajo de las mantas, lo que se sufre fuera de ellas no está escrito. Sin perder el tiempo, salimos de la tienda y al cabo de muy poco ya estamos montados en el camello de vuelta a Merzouga, donde veremos la salida de sol. Para que podáis imaginaros el frío que hacía, os diremos que uno de los compañeros de viaje llevaba una botella de agua en la mano durante el trayecto de vuelta en camello y, al llegar al hotel, ¡el agua se había congelado!

Cuando llegamos a Merzouga, desayunamos en el hotel con el frío todavía metido en el cuerpo. Suerte que las chicas japonesas con las que viajamos nos regalan una especie de parche térmico, ¡que se pega en la ropa y calienta durante 8h! Un auténtico salvavidas.

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Salimos hacia el aparcamiento, donde se encuentra el bus y empieza una espera interminable. El conductor nos dice que saldremos en 10-15 minutos inshallah. Ya volvemos a estar como en la excursión a Essaouira. Inshallah significa «si Alá quiere» (y se lo suele tomar con calma). Al cabo de 45 minutos le pregunto al hombre si vamos a salir ya o si me da tiempo a hacer una incursión por las dunas. Y para bien o para mal, me contesta que me da tiempo, pero que no me vaya muy lejos. Total, eso hicimos y pudimos disfrutar del desierto un rato más.

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Al final, salimos a las 11h de la mañana con 3h de retraso. La verdad es que nos lo tomamos con extrema paciencia, pero con lo poco que me gusta madrugar, no podía quitarme de la cabeza que no tenía sentido alguno salir del campamento a las 5 de la madrugada para luego esperar forever and ever a la salida del bus. En fin, que tenemos el culo hecho polvo (nivel: no sé cómo sentarme) y nos quedan 8h de bus de regreso a Marrakech.

El camino de regreso lo hicimos del tirón, con paradas para ir al baño y estirar las piernas y también para comer en Ouarzazate. La ciudad es famosa porque se puede visitar una kasbah reconstruida con todo el esplendor de antaño y por sus estudios cinematográficos. El conductor nos paró de nuevo en un restaurante caro, pero como esta vez estamos en una ciudad, decidimos ir a comer a otro sitio por nuestra cuenta y justo enfrente de donde paramos, a un lado de la kasbah, encontramos pequeños restaurantes en los que sirven platos a mitad de precio. Comemos cuscús, carne de cordero y pollo al grill y bebida por 80MAD (8€) los dos.

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Nos quedan todavía horas de bus, incluyendo las montañas del Atlas, pero afortunadamente nos quedamos dormidos gran parte de la tarde. Al final, llegamos a Marrakech sobre las 20h30 y nos vamos directos al riad Dar Soukaina, donde caemos rendidos sin cenar. Mañana será otro día (¡de relax, por favor!)

Nuestras recomendaciones respecto a una excursión organizada

Definitivamente, la excursión ha valido la pena, pero la repetiríamos de otra manera por dos motivos:

        – La falta de control sobre el itinerario y las paradas: para los que nos leéis, ya sabéis que no somos nada amigos de las excursiones organizadas y nos gusta viajar por libre siempre que podemos. Esta experiencia lo ha reafirmado. Las paradas de 5 minutos para sacar fotos, prisas en las visitas y los constantes cambios de ruta y horarios le quitan encanto a cualquier viaje. Aunque una excursión organizada es sin lugar a dudas una buena primera toma de contacto con el desierto, a la próxima yo me animaría a alquilar un coche y recorrer las kasbahs hasta Merzouga a nuestro ritmo. Las carreteras están bastante bien en esta ruta y con un pelín de cuidado no tendréis problemas en los controles policiales. De hecho, en Fez nos encontramos por casualidad con unos conocidos (¡el mundo es un pañuelo!) que hicieron la misma ruta en coche de alquiler y pudieron ir a su aire sin incidentes.

        – El frío glacial del desierto en invierno: dormir en una haima puede ser la mejor de las experiencias en otoño o primavera, pero en invierno el frío es terrible. Si vais a ir en excursión organizada, llevad mucha ropa de abrigo y rezad por vuestros dedos de los pies. Si vais a ir por vuestra cuenta, lo mejor es quedarse en un hotel de Merzouga y organizar con ellos un tour de día por las dunas.

En resumen:

Itinerario: 12 días en Marruecos



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